Reprodujimos a final de abril un artículo que había publicado el Diario del Alto Aragón donde se citaba el viaje de José Mari y Susana. Ahí mostrábamos la esperanza de que cambiaran las circunstancias para compartir tiempo y vivencias. Sigue siendo difícil coincidir físicamente, pero José Mari nos lo ha puesto fácil escribiendo un artículo que se ha publicado en nuestra newsletter “De Capazo” y que reproducimos aquí. Lógicamente tantos días, kilómetros y paisajes no se pueden contar en cuatro líneas, por lo que lo publicaremos en dos entradas. Aquí dejo la primera parte para que lo disfrutéis.
Vuelta a la Tribu
Ninguno de los dos somos unos desarraigados deseosos de perder de vista su realidad. No queríamos escapar de ese sitio tan horroroso que los “coach” y mentores llaman desde hace un tiempo “zona de confort” y que para nosotros es el hogar, la familia y los amigos. Más importante que salir de la “zona de confort”, es tener un lugar al que quieras regresar. Eso es lo que verdaderamente te impulsará a seguir adelante. Y nosotros lo tenemos.
Pero también teníamos un deseo. Un proverbio swahili dice que “donde hay un deseo, siempre hay un camino”. Sabíamos que casi todo se arregla después de darle al “OFF”, y eso es lo que hemos buscado con este viaje. Hemos puesto en pausa nuestro Mundo (aunque una de las mejores lecciones es que sigue girando, exactamente a la misma velocidad, sin ti) y nos hemos lanzado a conocer otros. Muchos otros.
No os aburriré con los preparativos para un viaje como este, comenzaré donde
comenzó todo. En el aeropuerto de Madrid, cargados con dos mochilas de 8 y 10 kilos
y con muchísima ilusión, dudas, emoción, miedo. Volamos a Ciudad del Cabo, al
lugar donde Mandela dijo que: valiente no es quien no tiene miedo, sino quien
lo conquista. Dispuestos, precisamente, a conquistar esos miedos.
Pasamos 40 días recorriendo casi 7000 km. del África austral, con un coche de
alquiler y una tienda de campaña minúscula.
Carretera
Nacional en Namibia
Nuestra primera parada fue la hermosísima costa de Sudáfrica con sus fynbos en flor, sus pingüinos, ballenas y el Cabo. Uno de los confines del Mundo con más poesía. El punto donde se mezclan las aguas del Índico y el Atlántico creando una explosión de vida sin igual, dentro y fuera del agua.
Izquierda:
Pingüinos en la Península del Cabo. Derecha: paseo costero de Hermanus
(Sudáfrica)
En cuanto te alejas del mar, África se vuelve más y más dura, primero el inmenso Kalahari y después el Namib. El desierto más antiguo de la Tierra es uno de los paisajes más fascinantes que hemos visto. Enormes dunas rojas, valles blancos, profundas gargantas y al final, el mar. Siempre el mar.
Valle de
Deadvlei, desierto del Namib (Namibia)
La costa de los
esqueletos, un nombre perfectamente escogido, es una tormenta continua de olas
y viento plagada de restos de naufragios. Pero también es refugio de enormes
colonias de flamencos, focas y lobos marinos.
De nuevo en el desierto llegamos a las montañas de Spitzkoppe, otro de esos
extraños paisajes que luce Namibia. Un país con dos millones de habitantes y
una densidad de población tan baja que es complicado encontrarte con algún
coche en la carretera.
Visitar a las tribus himba del norte de Namibia es una experiencia alucinante.
Un fósil etnológico con un idioma tan antiguo como el hombre, a base de
chasquidos y que requiere que se extraigan las palas (en un ritual al cumplir
10 años) para poder pronunciarlo correctamente. Los himba viven en el desierto,
en pequeñas aldeas de chozas de adobe situadas alrededor de un corral, para
proteger sus ovejas de leones, leopardos, hienas…
Son un pueblo vital y alegre, generoso con quien los visita. Viven en la
pobreza más básica, en todas partes el mundo rural soporta mucho mejor la
miseria que las ciudades. En este caso, hasta el punto de resultar pintoresco,
más que triste.
Aunque a estas alturas ya habíamos visto elefantes y jirafas desde la carretera, comenzábamos nuestra experiencia con los safaris. Visitamos por libre los Parque Nacionales de Etosha y Mahango en Namibia, a la vez que cruzábamos la franja del Caprivi, una de esas rarezas geopolíticas que los europeos pintamos en las fronteras de África.
En Zimbabue nos asomamos
a escuchar las “Mosi oa tunya” (El humo que truena), las cascadas más hermosas
de África, que el famoso misionero David Livingstone rebautizó “Victoria” en
honor a la reina de Inglaterra.
Cruzamos Botswana hacia el sur, el país más salvaje que hemos visitado, con una
política faunística de “cero vallas” que se ha demostrado muy positiva para la
población de elefantes o leones.
El Parque Nacional de Chobe, es el hogar de la mayor población de elefantes en
toda África. Una explosión de vida, que estalla cada atardecer, a la orilla del
rio Chobe.
Cuando pensábamos que ya
no encontraríamos un paisaje que nos sorprendiese, llegamos al delta del
Okawango, un inmenso rio que se deshace en mitad del desierto, formando un
enorme pantano plagado de islas. Es como asomarse a la Tierra antes del hombre.
Un paraíso de naturaleza salvaje y pura.
Regresamos a Sudáfrica y cruzamos el bosque húmedo de las montañas del dragón
(los Drakensberg), justo antes de adentrarnos en el imponente Parque Kruguer.
Solo os dejaré unas fotos…
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